Potosí, el rey de los montes

“Soy el rico Potosí, del mundo soy el tesoro, soy el rey de los montes, envidia soy de los reyes”, gran frase que en su tiempo de gloría representó lo que fue una de las industrias mineras más fuertes y prosperas de Bolivia y el mundo. Nuestra siguiente parada la ciudad de Potosí, nuestro interés por este lugar es conocer la mina de plata ubicada en este municipio, según nos indica nuestro libro guía hay un tour que ofrece llevar a los turistas a la mina y así apreciar de cerca las condiciones extremas en las que trabajan los mineros en el Cerro Rico de Potosí.

Potosí es una hermosa ciudad que brilla por su cultura y su arquitectura apreciable en sus 36 iglesias magníficamente ornamentadas, sus museos y la arquitectura de su centro histórico; todo como resultado del legado que durante años fue construido por los españoles con la ayuda constante de los indígenas de la zona. Pero a pesar de su riqueza colonial lo que realmente hace famoso este lugar es su explotación minera que se viene haciendo desde hace 500 años en el Cerro Rico, se tiene registro que hacía el año de 1545 en este lugar se llegó a producir la mayor cantidad de plata del mundo, se cree que los españoles sacaron alrededor de 50 mil toneladas del preciado material y en su momento el cerro fue uno de los negocios más estables y productivos de Bolivia. Sin embargo, eso ha quedado en el pasado y lo que se encuentra hoy son sólo vestigios de los tiempos de gloria que se vivieron alguna vez. La realidad es que el Cerro Rico tiene pocos minerales de valor (estaño, cinc y algo de plata), ya no es un negocio rentable y las compañías extranjeras así como el Estado que fueron sus dueños en otro momento lo han dejado de lado.

Siguiendo con lo planeado fuimos a conseguir el tour para conocer el Cerro Rico, pagamos 60 bolivianos cada uno y junto con 7 extranjeros más nos dirigimos a la mina. Primera parada el mercado de los mineros, lugar donde se comercializan los diferentes productos que ellos consumen a diario. Aquí fue la primera sorpresa, Ingrid nuestra guía nos reunió y explicó que era importante que les lleváramos presentes a los mineros. Primero sacó un plato lleno de hojas de coca con una resina que se saca de la ceniza que queda de la cocción de la quinua, nos dijo que esto para ellos es su almuerzo porque no comen nada en la mina sólo mastican la hoja de coca con la resina, por los mismos 15 bolivianos también podíamos llevarles la bolsa de hoja de coca con dos cervezas o con un litro de gaseosa. Ingrid continúa mirando cosas dentro del pequeño puesto y nos indica que también podemos comprarles dinamita. Finalmente nos habla de una cuarta alternativa que vale lo mismo que las anteriores pero que según Ingrid es la preferida por ellos, una botella de licor que tiene una etiqueta que dice alcohol potable 96 grados, nos miramos los unos a los otros, no hubo necesidad de decir ninguna palabra, todos pensamos lo mismo al tiempo, esto es una locura, es alcohol industrial, cómo pueden vender esto y lo que es peor consumirlo. En ese momento Ingrid señala que ese alcohol lo mezclan los lugareños con gaseosa, agua o jugo y es conocido como el whisky boliviano, la bebida favorita de los mineros.

Compramos nuestros regalos y nos subimos a la camioneta, antes de continuar hicimos otra parada para ponernos unos trajes antes de ingresar a la mina. En un pequeño salón nos entregaron una chaqueta y un pantalón de plástico que nos pusimos encima de nuestras ropas junto con unas botas de caucho. El último accesorio un casco con una linterna en la parte superior. Quedamos listos y nos dirigimos al Cerro Rico. Yo estaba muerta de miedo, antes de venir había leído historias sobre la mina y las condiciones precarias en que realizan la extracción y al llegar allí este sentimiento no desapareció. No existe un sistema de seguridad, no hay señalización, sólo se ve la montaña, no hay maquinaria, incluso no se ven mineros a simple vista, se puede apreciar lo paupérrimo del lugar por las casetas abandonadas y el aspecto en general de los alrededores de la mina. Ingrid se acercó y nos dijo, chicos vamos síganme. Nos formamos en fila india e ingresamos por un hueco más o menos de dos metros de alto por uno de ancho, a nuestros pies había un angosto riel por el que sacan los cargamentos cubierto de lodo y agua; a medida que avanzamos se siente un olor fuerte como a azufre combinado con otros químicos, no hay ningún tipo de luz sólo la iluminación que van dando las linternas que llevamos en nuestros cascos, seguimos a nuestra guía que se mueve rápidamente por el estrecho hueco, en medio de la oscuridad puedo ver algunos cables en las esquinas y huecos que van apareciendo en los lados, arriba y abajo que llevan a otros túneles, como lo expresó Ingrid, toda la mina es como un queso suizo, huecos y más huecos.

El Cerro Rico actualmente es administrado con un sistema de cooperativas por parte de los pocos mineros que quedaron en la zona después del cierre en 1985 de la empresa Comibol, quien era su administradora, en ese momento un total de 23.000 trabajadores fueron despedidos. Desde entonces el cerro entró en un proceso de declive y es por ello que hoy no existe ningún tipo de regulación o control en el interior del mismo, la explotación se hace de forma artesanal, no hay tecnología y la poca maquinaria que tienen se limita a una especie de polea manual que usan algunos trabajadores para extraer los bultos pero la mayoría del tiempo son los mineros quienes cargan los sacos hasta la superficie , algunos usan una maquina de aire que les sirve para abrir los huecos en los que ponen la dinamita, este aparato lo alquilan por 10 dólares la hora, un precio que según los mineros algunos de ellos no pueden pagar. La situación es tal que en la mina prácticamente puede trabajar cualquier persona, no importa si tiene o no experiencia la idea es continuar con la explotación, es por ello que los mineros no cuentan con ninguna garantía laboral, no hay contratos, ni seguros o cualquier tipo de prestación social, la mayoría de ellos trabaja por jornal.

Aunque la situación es precaria actualmente unas 15.000 personas trabajan a diario en el interior del Cerro Rico de Potosí (Bolivia), un total de 300 minas siguen abiertas. Todos los días estos trabajadores arriesgan su vida es busca de su sustento familiar, se estima que un promedio de trescientas vidas humanas se pierden por año en el cerro y los mineros que logran sobrevivir sufren diferentes enfermedades debido a la gran contaminación a la que son expuestos constantemente por lo que la expectativa de vida para ellos es de 45 años.

Continuamos siguiendo a Ingrid, ella ahora se detiene y nos explica que no nos vamos adentrar mucho, unos 20 mts no más, aunque según ella está permitido bajar hasta 60 mts. En este punto el chico de Suiza le dice a su novia que no puede seguir, que quiere salir, Ingrid lo lleva entonces a la salida y después de unos minutos regresa. Ahora nos dirige a uno de los lugares sagrados que tienen los mineros, nos acercamos y en un rincón vemos una estatua que se asemeja a un diablo, es un hombre sentado con unos cuernos gigantes y un enorme pene; encima de la escultura hay hojas de coca, tarros de alcohol y cigarrillos. En ese momento nuestra guía de la forma más natural enciende dos cigarrillos y los pone en la boca del muñeco y nos empieza a contar la historia de este símbolo; según Ingrid los indígenas después de escuchar la creencia católica de la existencia de un Dios que está arriba en el cielo y un diablo que está abajo en el infierno pensaron que como la mina estaba debajo de las montañas, en las entrañas de la tierra, a quien se le debía rendir tributo y culto en este lugar era al diablo, es por ello que desde entonces los mineros colocan esta escultura a la que denominan ‘el tío’ dentro del cerro. Ingrid afirma “el tío es considerado como el dueño y señor de la montaña, él es quien cuida y protege los mineros aparte de darles trabajo. Cada vez que ellos ingresan visitan ‘el tío’ y hacen este ritual que empieza encendiendo los cigarrillos como lo hice yo, después sirven alcohol en la tapa de la botella y van poniendo una porción de licor en las diferentes partes del cuerpo del tío, su cabeza, los brazos, los hombros, el pecho y el pene, una copa más va al piso como símbolo de agradecimiento a la pacha mama, finalmente ellos se toman un trago y con esto termina la ceremonia”.

Los mineros creen profundamente en ‘el tío’ es por esto que tienen varias de estas figuras en la mina. En este punto la chica argentina le dice a su novio que no puede respirar, que está mareada, que no quiere continuar así que nos abandona al igual que lo hizo el suizo minutos antes. Ingrid nos lleva más abajo, la seguimos, yo siento que por minutos la respiración se me va, esto debido a las condiciones del lugar, la altura de casi 4700 msnm, el reducido espacio y el olor que es una mezcla entre polvo, humedad y partículas de plata, azufre y arsénico.

Después de bajar por otro hueco nos encontramos con dos muchachos, a ellos los llaman peones, que es la labor que hacen las personas nuevas en la mina y que no tienen experiencia, ellos se encargan de sacar a la superficie los bultos con los minerales, Ingrid explica que el trabajo es muy duro porque ellos tienen que mover de un lado a otro todo el material en una carretilla y esto lo hacen unas 70 o 80 veces al día, finalmente empacan todo en sacos y por medio de una polea o manualmente los sacan al exterior. A ellos les entregamos como obsequio el litro de alcohol que compramos previamente junto con la gaseosa. Después tomamos otro de los túneles y empezamos a subir y bajar por huecos muy estrechos, en algunas partes nos arrastramos para poder entrar en los en los recovecos, seguimos y en punto nos encontramos con otros dos mineros, éstos con más experiencia que los que vimos anteriormente, ellos nos cuentan que acababan de hacer una explosión y estaban tomaban un descansando, pensé por Dios acaban de hacer una detonación y nosotros aquí tan campantes, qué peligro, aunque aquí aclaro que aunque estas explosiones se hacen por pedazos y son pequeñas no dejan de ser un riesgo por las condiciones actuales de la mina que en cualquier momento puede colapsar.

Nos sentamos al lado de ellos y nos contaron que llevan 16 y 25 años respectivamente trabajando en la mina. Sus padres también lo hicieron y ellos siguieron sus pasos. Nos dicen que el trabajo es pesado pero que ya están acostumbrados, ellos a diferencia de los dos primeros chicos trabajan por su cuenta y reconocen que aunque les gustaría hacer otra cosa no pueden, la mina les da el dinero que necesitan para vivir y es lo que saben hacer. Según Marcos uno de los mineros, ellos pierden la noción del tiempo en el instante que entran a la mina, el cansancio es el reloj que les indica cuando deben parar. A ellos les dejamos una bolsa de coca con las dos cervezas, estaban felices y agradecidos por nuestro presente. Nos despedimos y empezamos el descenso entre los recovecos de nuevo y nuestra guía nos informó que el tour había terminado y era tiempo de regresar a la superficie.

No puedo negar que se siente mucho miedo estando adentro de la mina, más aún si se tiene en cuenta que no se debería hacer actualmente ningún tipo de extracción y menos permitir el ingreso de turistas, según lo explican los mismos habitantes, la montaña en cualquier momento puede colapsar y venirse abajo, debería estar cerrada. El problema es que nadie hace nada al respecto porque no hay una solución real para las casi 15 mil familias que viven de la explotación minera, esto sin contar con el resto de habitantes de Potosí que también tienen su sustento a partir de este negocio, como lo son los comercios y proveedores de los distintos productos que se venden en el cerro.

Desafortunadamente la mina sigue siendo la industria que mueve la economía del lugar, así que no es suficiente con reubicar a los mineros porque hay un engranaje que se mueve alrededor de ella y de la cual dependen la mayoría de los habitantes de Potosí. La otra situación es que la gente gana mucho más dinero laborando en la mina que empleándose por un salario mínimo que es de 1.440 bolivianos mensuales (208 dólares), al hacer la comparación la diferencia es abismal; un peón que es el cargo más bajo recibe diariamente 150 bolivianos (21,70 dólares), en nueve días gana lo que una persona recibiría por un trabajo estándar en un mes. Es por eso que incluso algunos profesionales recién graduados prefieren ir a trabajar a la mina, el sueldo que se les da aunque no es el mínimo, es muy poco y muchos de ellos ya tienen familia, entonces deciden laborar por un periodo de tres años, hacer suficiente dinero y después salirse y montar un negocio o dedicarse a otra cosa de manera independiente.

La otra problemática según un estudio hecho por la Defensoría del Pueblo es que en el 2014 se identificaron un total de 145 personas, entre adolescentes y niños trabajando el Cerro Rico en condiciones de vulnerabilidad y alto riesgo, aunque se cree que esta cifra puede ser mayor debido a que en algunos casos los menores aumentaron su edad. “De esta cifra, el 91% son adolescentes de entre 15 y 17 años que trabajan en interior mina; un 6% está entre 8 y 12 años y un 3% entre 13 y 14 años que realizan trabajos en la parte externa”. El dinero sigue siendo el motivo, los niños prefieren dejar de ir a la escuela y arriesgar su vida porque en un mes pueden llegar a ganar entre 1.200 bolivianos (173,67 dólares) y 3.400 bolivianos (492 dólares) por cuatro horas diarias de trabajo. A esto se suma otra situación, según la Defensoría “existen 280 niños, niñas y adolescentes que viven junto a sus madres que trabajan 24 horas al día en las bocaminas como “guardas” o “serenas” dependientes de las cooperativas mineras, en viviendas precarias, sin servicios básicos ni condiciones de seguridad y apoyan en la labor que ellas realizan sin recibir ningún pago”.

Para ver más fotografías.

3 comentarios en “Potosí, el rey de los montes

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