El rubí de Arequipa, el Monasterio de Santa Catalina

Visitando la ciudad blanca de Arequipa es imposible dejar de conocer uno des sus símbolos insignias, el Monasterio de Santa Catalina, que se erige en una de las calles principales que desembocan en el parque central y que deja ver la magnifica catedral que a pesar del tiempo y los terremotos que han ocurrido en la zona permanece inmune, toda su estructura está intacta y ocupa alrededor de dos cuadras, en cada esquina la acompañan dos gigantes arcos que sirven de entrada al pasillo que conduce a la basílica, es glamorosa al igual que el Monasterio de la comunidad de monjas dominicanas que también ocupa más de una manzana completa por la calle que lleva su nombre, a simple vista parece una edificación más, conserva la arquitectura que se puede apreciar tanto en la catedral como en otras iglesias que hay alrededor, pero a diferencia de las anteriores al entrar el colorido de sus dos claustros emblemáticos junto con las pinturas y frescos de la época que se pueden apreciar en los techos y pasillos del monasterio dejan ver el talento de las manos de los artistas cusqueños y arequipeños en su momento.

Ingresé al recinto con la idea de encontrar un monasterio similar a otros que ya había visto en Bolivia y Colombia, pero este lugar tiene unas características que le dan un toque especial. Como sucedió en otros países de Sur América las familias españolas que se asentaron en estas naciones tenían como costumbre aparte de que era todo un honor en la época que uno de sus hijos dedicara su vida a servir a Dios, es por ello que la tradición era que el segundo de ellos cumpliera con este mandato e hiciera sus votos con la iglesia.

En Santa Catalina sucedió lo mismo, inicialmente el convento fue fundado por una viuda española quien también decidió tomar los hábitos. Al igual que otros lugares de este tipo en el que las monjas son de claustro, las jóvenes que ingresaban allí se les instruía para dedicar su vida a Dios, desde el mismo instante en que nacían ellas eran informadas de su mandato y a los doce años ingresaban al monasterio de Santa Catalina para no volver a salir nunca más.

La niñas que eran recibidas en este monasterio tenían que pagar una dote que para la época era de aproximadamente 50 mil dólares, además de traer todos los accesorios necesarios para su vida dentro del claustro, como ropa, mobiliario, implementos de aseo entre otros objetos que al final cada una escogía, incluso las jóvenes de familias más acomodadas y españolas puras o las llamadas de velo negro podían tener de una a tres esclavas quienes eran las encargadas de ayudarles con todos los temas relacionados con la comida, aseo y manutención de los espacios que habitaban.

En Santa Catalina cada una de las mujeres que decidían entregar sus votos a Dios tenía derecho a un terreno, su tamaño era proporcional a la cantidad de dinero que pagaban dentro de su dote inicial. En esta propiedad construían sus casas, con su respectiva sala, dormitorio, oratorio, cocina e incluso una terraza en el segundo nivel en donde adecuaban los cuartos de sus criadas. Es por ello que el espacio que ocupa este monasterio es tan grande, alrededor de 80 casas fueron construidas durante el esplendor que vivió el convento.

A medida que se avanza después de visitar sus tres claustros uno de los cuales estaba dedicado a las novicias, se puede acceder a la pequeña ciudadela que se fue levantando con los años, calles que cruzan cada una de estas casas y que conducen a otros pasillos son visibles aún en este enigmático lugar.  El contraste de los colores es maravilloso, en un momento estás en un patio lleno de un color azul intenso y al cruzar un arco el tono cambia a un rojo carmesí.  Y así sucesivamente estos dos colores se van intercalando por todo el lugar tanto en el interior como exterior de las viviendas.

Esta especie de fortaleza se recorre por los callejones que forman las cabañas de las mojas que fueron puestos en fila india y a los que se puede ingresar, en algunos de ellos aún se conserva parte del mobiliario. En el lugar también hay una pequeña pileta con un particular diseño que en su momento era el baño de las empleadas de las monjas. Las religiosas tenían un lavatorio común ubicado en otra zona de la ciudadela, sin embargo, como nos cuenta la guía que nos acompañó en la visita no era utilizado por ellas, se cree que las hermanas solo se bañaban unas ocho veces durante el año.

Para algunas de las monjas el espacio dedicado a la cocina era muy importante, es por esto que se puede observar en algunos de sus aposentos la existencia de dos hornos. Las monjas fabricaban productos como pan, pasteles, tortas, galletas entre otros que luego sus criadas llevaban a la ciudad, ellas eran las encargadas de vender y traer también los suministros que necesitaban en la comunidad.

Las criadas también eran las que les informaban sobre los acontecimientos y hechos importantes que se daban detrás de los muros del monasterio. Estás hermanas no tenía contacto con nadie, se procuraba que no tuvieran ninguna visita, ni si quiera de sus familiares, si se llegaba a recibir una había un espacio especial en el que a través de una ventana pequeña y totalmente cubierta se realizaba, no se podía ver nada, sólo escuchar la voz. A diferencia de otras monjas de clausura, la comunidad de Santa Catalina no tenía el voto de silencio. Ellas podían hablar con sus compañeras incluso tener reuniones en sus casas. Dentro del lugar también existían las monjas de velo blanco, que se diferenciaban de las de velo negro por su estatus social. Algunas de ellas eran mestizas o criollas por eso no tenían la misma posición dentro de la hermandad.

Las monjas de Santa Catalina también ofrecían el servicio de educar a las niñas de las familias más adineradas e importantes de Arequipa, muchas de estas niñas llegaban al lugar con tan solo tres años y eran internadas hasta que cumplían los 12 años que era la edad en la que se consideraba que ya estaban listas para asumir un compromiso social. A ellas se les formaba o para ser futuras esposas o para dedicar su vida a Dios. Esto finalmente los decidían los padres de las internas.

Aparte de las instalaciones que brillan por su grandeza el monasterio de Santa Catalina también sobresale por la beatificación que le fue otorgada a una de sus integrantes, Sor Ana de los Angeles, este titulo se lo concedió el Papa Juan Pablo II en 1985 al verificar uno de los hechos en los que se afirmaba que la religiosa había salvado la vida de una creyente que sufría de cáncer. En el monasterio se designó una de las casas para Sor Ana, allí está la insignia de ella y muchos creyentes la visitan y dejan sus peticiones.

Nuestro recorrido fue de día pero decidimos apreciar el monasterio a medida que oscurecía y es igual de impactante porque son las sombras y las tenues luces de las lamparas las protagonistas, la atmósfera sin duda es otra y por supuesto el claustro tiene otra vida. Debo decir que este inigualable convento es hermoso de día y de noche y tiene una cantidad de historias guardadas detrás de sus muros rojos y azules, es un destino que no se puede dejar de descubrir. Actualmente las monjas que viven allí son 15 y ellas habitan un edificio que construyeron detrás de los muros de las bellas casas que en otro momento erigieron sus hermanas de claustro.

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